Eticas ambientales (1)
A lo largo de la historia ha habido muchas posturas que dan respuesta a por qué conservar la naturaleza, si bien han sido mayoritarios los planteamientos en los que la naturaleza se ha considerado un mero instrumento de producción, y los recursos naturales simplemente como medios para satisfacer las demandas materiales del ser humano. En nuestra órbita cultural resulta relativamente reciente la preocupación por temas ambientales, tal y como los entendemos hoy. Ciertamente, desde la época clásica podemos rastrear estudios que podríamos denominar “naturalistas”, pero realmente sólo a partir de mediados del siglo XIX comienza el movimiento conservacionista propiamente dicho. Los pioneros de esa corriente ideológica son tres pensadores norteamericanos, Emerson, Thoreau y Marsh, que plantean una crítica al desarrollo economicista que se produce en su país en esas décadas, basado en una transformación abusiva de la naturaleza. Ese caldo de cultivo se plasma en el nacimiento de los primeros grupos ecologistas (Sierra Club en 1892), y en la declaración de los primeros parques nacionales (Yellowstone, 1872).
Desde ese momento, se han enunciado diversas propuestas para avalar filosóficamente esa creciente preocupación por la naturaleza. Revisaremos en este blog a lo largo de las próximas entradas, algunas de las éticas ambientales más difundidas.
Una de las primeras propuestas, aunque hoy tal vez meno conocida es la llamada “Etica de la Tierra”, propuesta por el ambientólogo Leopold en su libro Sand County Almanac, publicado en 1949. Se trata de la primera presentación sistemática de una ética “eco-céntrica”, que cambia por primera vez el planteamiento antropocéntrico que había sido vigente en las relaciones entre hombre y naturaleza. Leopold aboga por considerar a la Tierra en su totalidad, no sólo como fuente de recursos, sino también como sujeto moral, que abarca a todos los recursos y sus habitantes. “Una cosa es correcta cuando tiende a preservar la integridad, la estabilidad y la belleza de la Comunidad biótica. Es mala cuando tiende a destruirla”. Los seres humanos son miembros de esa comunidad, no sus únicos actores, por encima de los individuos. Orienta su ética hacia una planificación integral, que tenga en cuenta todas sus partes. Un seguidor más reciente de estas ideas es Baird Callicot, que subraya esa unión íntima del ser humano con la naturaleza.
Este enfoque ecocentrico y holístico de las relaciones con la naturaleza se pone más en evidencia con la denominada “Hipótesis Gaia”, planteada por James Lovelock inicialmente en los años sesenta y difundida más ampliamente en su libro Gaia: A new look at life on Earth en 1979. Aplica a la Tierra el nombre de una diosa griega, para indicar que se trata de un organismo vivo, que se autoajusta, asegurando el equilibrio entre sus diversas partes. Para Lovelock la Tierra es un sujeto ético porque tiene conciencia, siente dolor y busca su equilibrio. El hombre no está por encima de la Tierra sino más bien al revés, sólo es parte de un sistema más grande. Como mucho podemos ser “médicos planetarios” proponiendo medidas preventivas que eviten cambios drásticos en las condiciones del ecosistema. La tierra es un sistema holístico, donde todos los componentes son importantes, el hombre no más que otros. La actitud ética ante Gaia es no atacarla con presiones excesivas para su dinamismo y estabilidad. En este sentido está de acuerdo con la limitación del crecimiento humano, y con medidas eugenésicas (“aquellos que viven acordemente con el medioambiente favorecen la selección de su descendencia”, Lovelock, 2006