Cambio climático y crisis económica
Parece que la realidad económica es más eficiente para ajustar ambientalmente nuestro actual modo de vida que cualquier medida que salga de los poderes públicos. Tras diversos planes gubernamentales más o menos voluntariosos, pero hasta ahora fallidos para frenar el crecimiento de nuestras tasas de emisión, parece que este año sí que vamos a cambiar la tendencia alcista de las últimas décadas. De acuerdo a un informe del Observatorio de Cambio Climático de la Fundación FEDEA, en el primer trimestre del año hemos bajado un 17 % las emisiones frente al mismo periodo del año anterior. Los sectores más protagonistas de esta bajada son la producción de cemento y de energía, que han sido tradicionalmente los líderes en emisiones. El transporte por carretera también ha bajado su tasa de emisiones, pero en menor medida (un 5,5%).
Esta situación también se observa en otras economías mundiales. Como recoge el World Energy Outlook 2009 de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), las estimaciones más recientes indican un descenso del 5% en el monto mundial de emisiones de CO2 (34,5 gigatoneladas en vez de 36,4). De acuerdo a este informe, un 75% de esa disminución se deben a la presente crisis económica, y solo el 25% restante a las políticas e inversiones para combatir el cambio climático.
El documento incluye también un resumen de las estimaciones del coste y los beneficios que tendrían las medidas necesarias para que la concentración atmosférica de gases con efecto invernadero quede estabilizada en unas 450 partes por millón hacia 2045. Haría falta unas inversiones adicionales acumuladas de casi 2,4 billones de dólares de 2010 a 2020, y unos 8,1 billones de 2010 a 2030. A cambio, el mundo se ahorraría 8,6 billones en combustible en el periodo 2010-2030.
Sin duda la inversión económica que generará un compromiso vinculante con la reducción de emisiones, es el principal escollo para lograr un acuerdo ambicioso en la próxima reunión de Copenhague. Esta trascendental reunión pondrá las bases de la ampliación del protocolo de Kyoto, incorporando medidas más estrictas de reducción de emisiones para los países ricos, y un compromiso para reorientar el crecimiento de los países en fuerte crecimiento: China, India o Brasil, facilitándoles la adopción de tecnologías energéticamente más eficientes.